—Eso es mentira!!! y mañana mismo voy a la escuela!; así
me respondió mi mamá cuando le contaba lo sucedido en el receso de mi grado en
esa mañana, de finales de octubre de 1969. Recuerdo su respuesta inmediata y
con mirada de impacto-sorpresa ante mi texto inesperado.
Reconozco que al paso de los años ese fue el mejor y
único texto que se convirtió en acción gratificante de la madre por su hija; dígase,
durante todo el tiempo que vivió junto a mí. Su respuesta segura e inmediata,
me hizo sentir protegida, amada y ni pensar por un segundo que realmente no
pudiera ser mi madre, donde el desenfreno textual de la niña ocurrido en el
receso, sólo podía ser parte de un hecho aislado o propio de la inmadurez; tal
vez, resultado de inconformidades propias de la edad.
Mi maestra se llamaba Margarita, era alta, mulata y
muy flaca; y también sabía que se iba del país, pues no estaba de acuerdo con
el proceso revolucionario. Para todos en la época, era catalogada de gusana; pero enseñaba muy bien las
matemáticas.
Al otro día en la mañana, sentada en mí pupitre,
casi al final de la tercera fila, pues mi estatura no me permitía sentarme
delante; aún recuerdo algunos de mis compañeros y compañeras más allegados o
con quiénes tenía mayor afinidad, como Roberto Arango; Efraín Yera o Alberto
Yáñez, por cercanía, intereses de los estudios o juegos participativos.
Ocurrió así, aproximadamente sobre las 11:00am; ya
había pasado el receso y la maestra se disponía a continuar la clase de
Matemáticas; cuando de pronto, giro la cabeza hacia la izquierda y veo en la
puerta de entrada del aula, parada con el Director de la Escuela a mi mamá.
Yo paralizada, pues ¡No me lo esperaba!; pero
reconozco que muy satisfecha; pues mi mamá había cumplido con lo prometido el
día anterior. Todos nos pusimos de pie, que era el común saludo del Grupo por
respeto; costumbre de la época cuando llegaba alguna visita al aula.
Recuerdo que con tono suave, donde ahora puedo
discernir que tal vez la suavidad evocaba a encubrir su dolor, su molestia o su
impotencia, pero muy segura de sus palabras por lo que suponía estaba
asistiendo sola, con acto de presencia en su persona, donde se encontraba
defendiendo una causa justa, de la que de alguna manera, la incluía y formaba
parte, pues la retórica desenfrenada explayaba referentes precisamente a la sí
o no existencia de ella como la madre. Me parece estarla viendo y escuchándola,
son situaciones que el impacto por lo inesperado, marcan y dejan secuelas como
los tatuajes de los presos en la historia o de modas.
Fue así que con la mirada abierta a todos, con tono
bajo, preguntó:
—¡¿Ustedes saben quién soy yo?!
—Síííí,…contestaron
mis compañeros.
—¿Conocen ustedes a la
madre de Mariví?
—Síííí,…
volvieron a responder.
—¡Entonces, todos
conocen cuál es la madre de Mariví!
—¡¿Nadie tiene dudas, de
quién es la madre de Mariví?!!
Recuerdo que mi madre repetía con mucha fuerza el
texto la madre de Mariví; y yo en
silencio observaba a modo de paisaje, todo a mí alrededor; pre-orígenes para una futura socióloga o investigadora; como les digo a
mis alumnos; Saber mirar, saber escuchar.
Giraba la vista despacio, tratando de alcanzar la
mayor cantidad de expresiones en movimientos o gestos de mis compañeros del
aula, donde por la expresión de las caras en su mayoría, el silencio lapidario
optaba en dirección a la confusión, por el sin sentido de la presencia y
aquéllas interrogantes de mi madre.
Evidentemente para la mayoría, el desconocimiento de
las causas de aquella visita fuera de tono, era un acto o comportamiento, poco
común, diría que durante todo mi tiempo de estudios primarios y secundarios,
sólo lo viví en mi persona; imagino que igual para mis amigos y personal
docente.
La visita y el hecho no trascendieron los diez
minutos; pues, seguido a la reafirmación de las respuestas de mis amigos y
amigas; mi madre se despidió junto con el Director; inmediatamente después, nos
sentamos y todo pasó a la cotidianidad, abrir la libreta y el caso que nos ocupaba
en ese momento, la revisión de la tarea de la clase de Matemáticas del día
anterior.
Hoy me resulta tentativo como investigadora, esa
hambre del saber; pensar cuál o cuáles serían los textos de interrogantes o
propuestas al convencimiento para que el Director de la Escuela accediera en
acompañar a mi mamá en su presentación en el aula. Estoy completamente
convencida que lo persuadió el acto de la justicia.
Pienso que tal vez al paso del tiempo, aquellos
minutos queden registrado en la memoria de algunos de ellos, mis compañeros de
aula; que ahora que lo escribo, lo estoy viviendo por más de una vez. Lo mejor,
aquella acción de mi madre de enfrentar la sociedad ante un acto de injusticia
contra mi persona, siendo una niña camino a la adolescencia; que de alguna
manera ignorábamos los posibles riesgos, sólo que en ningún momento se hizo
alusión al hecho ocurrido como tal, y tampoco se hizo alusión al nombre de la
niña; pero lo cierto es que su presencia en mi grupo y aula, su texto y su
valentía, me hizo muy feliz.
Nunca más volví a sentir en mi vida por parte de mi
madre, aquella fuerza de interrogantes que se repetían y se mezclaban con
afirmaciones precisas en los amiguitos de mi Grupo, para mí en lo personal me
trasmitía afectos, cariño, amor de madre. Reconozco que su valentía de
enfrentamiento representó para mí, el gran abrazo que ¡Nunca existió!; al menos
eso fue lo que sentía, tal vez porque así lo deseaba.
Muchas pueden haber sido las causas para la toma de
su decisión. Posición justa y extrema, diría hoy que imposible negar su acto
consecuente, pero me atrevería a asegurar que la iniciativa y fortaleza salió
del ente cromo somático xy, de mi padre.
Los invito a que no nos apresuremos, les aseguro que
mucho les tengo por contar, a mi me llevó varios lustros y estoy segura que
llegaremos, donde si/no disfrutaremos de algunas de las supuestas conclusiones
que gracias a la perseverancia
afloran desde cualquier anécdota, texto, recuerdo o foto, ¡Insisto!; a pesar
del tiempo que es oro! decía mi abuela; los invito a transitar a todos y que me
acompañen, con todo en su momento.
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