Transcurrían
los primeros meses del año 1979 cuando ya la situación objetiva y subjetiva
para mí, se encontraban en el límite; como cuando decimos que;…sólo
falta una gota para que la copa se derrame...
Todos estos años desde el inicio de la década del 70 habían permanecido
idénticos y mi nivel de confusión era muy elevado, pues las puntas no encajaban
y mi afán por conocer la verdad se hacía obsesivo. Comencé gracias al nivel de
comunicación que mantenía con mi padre a cambiar las técnicas de preguntas,
siendo directas hacia lo que me proponía.
Recuerdo,
caminábamos en dirección a la
Universidad , un día cualquiera de comienzo de año y sin
titubear me decidí con mucha fuerza a preguntarle:
—Papi...¡Vamos!, Comienza a contarme la película
desde el principio, pues no entiendo!...éste sorprendido me dice:
—¿Qué película mami?
Se veía
claramente que trataba de mantener la calma y no mostrar ningún tipo de
inseguridad. Sus respuestas eran cortas y trataba de desviar la conversación
asociada a mi primer hijito que en aquel entonces sólo tenía 2 añitos y por
supuesto era uno de los ojos de mi padre.
No puedo
contar las veces que este hecho se repitió. Con mucha paciencia pero a la vez
desesperada por conocer la verdad; esperaba los momentos para quedarme sola con
él y propiciar la conversación, hasta que un día tuve el primer avance de mi
propia investigación.
Con mucho trabajo mi padre develaba ante mí la
realidad de aceptar que mi madre no era realmente la persona que me había
engendrado, pero por supuesto merecía todo el cariño y el respeto por los años
dedicados a mi cuidado y educación.
Estaba feliz y triste a la vez, pues había ganado el
conocimiento de algo que había sospechado durante tanto tiempo, pero triste;
porque había perdido la única posibilidad de que aquélla mujer fuera mi madre.
Este tema constituyó un gran conflicto en mi adolescencia durante muchos años y
a la vez un instinto de conservación.
Me di cuenta
claramente que la historia comenzaba aquí, que había mucho por conocer y mucho
por investigar; pues sabía que no me sería fácil llegar a la verdad, ya que
habían transcurrido diez largos años buscando el momento oportuno, acopiando
información, imaginando hechos y respiraba que en las anécdotas de mi padre no
existía el más mínimo aire de veracidad.
Múltiples
fueron las historias contadas por mi padre tratando de narrar una que le
acomodara a sus intereses y por supuesto, su cariño egoísta lo llevaba a ser
injusto con la persona que más quería y que como él decía... mi hijita querida.
Fue por eso
que todas estas historias fueron la base para encuestas muy precisas y que por
supuesto se le hacía muy difícil responder. Creo que en aquel momento mi padre
no conocía que su hijita querida comenzaba a desarrollar una capacidad
ingeniosa para preguntar y comprobar a la vez, pues el sentimiento de duda y de
desconfianza me habían acompañado durante diez largos años, no separándose más
de mí; a tal punto llegaron las historias inventadas por mi padre que en una
ocasión permanecí un día completo en el Cementerio de La Habana , Cementerio Colón,
tratando de encontrar algún indicio de la supuesta tumba de mi madre en los
libros de asientos, pues me había contado que mi madre había muerto al yo
nacer, e increíblemente no recordaba su nombre claramente. No estaba seguro si
su nombre era Graciela y si su apellido era Fernández, ni tampoco recordaba
dónde me había recogido, ni quién me había entregado a él.
Su cariño
egoísta lo hacía ser injusto, pero a la vez no darse cuenta que sus historias
eran el fruto de su imaginación con una base ficticia y por supuesto para no
ser creíble por una persona que estaba a punto de graduarse en la Universidad.
Al no encontrar
ninguna referencia o indicio en el cementerio respecto al hecho que me ocupaba,
recurrí nuevamente a mi padre, comentándole el no haber tenido la suerte de
hallar lo que buscaba, dada la poca referencia o datos personales de mi
supuesta madre.
Muy
sorprendido, al conocer de lo que había sido capaz de hacer por llevar adelante
mi investigación; creo que se dio cuenta que me mantendría hasta el final y
entonces de forma comprensiva y razonable me dijo:
—¡Mira!, No busques más...cuando termines la prueba
de Marxismo, que dicho sea de paso era la
última, para terminar mi quinto año.
—Yo te voy a contar todo lo que quieras saber.
Bueno, como
siempre con el gran entendimiento, comunicación y razonamiento que tenía con
él, acepté el pacto, creo que sólo por el cariño que le tenía y le tengo, no
protesté, pues realmente discutía por lo que consideraba que no era justo.
La asignatura
de Marxismo no era de mis preferidas; pero recuerdo que me esforcé mucho para
esa prueba, pues sabía que obteniendo buenos resultados ayudaría
considerablemente a que mi padre se sintiera más comprometido a contarme lo que
hacía tanto tiempo había sido y era motivo de mi interés personal, ya que con
21 años había permanecido viviendo bajo historias inventadas que realmente me torturaban
y a la vez me obsesionaban; además, considero que nadie tiene el derecho de
negarle la verdad o su verdad a una persona que como todo ser biopsicosocial,
necesita conocer su origen, no importa cómo, ni de dónde, lo importante es el
ser y como éste se proyecte en la sociedad a través de su vida.
En un par de
semanas, había aprobado la prueba con resultados satisfactorios y sin embargo
el cumplimiento de aquella promesa se alargaba y realmente se me hacía difícil
escoger el momento oportuno para volver hablarle del asunto.
Dice un amigo
que la obsesión es mala, pues no trae buenos resultados; yo respeto su criterio
y en cierta forma discrepo, pues depende del tipo de obsesión y su dirección;
la que se orienta hacia el fanatismo perjudica, pues la persona no piensa ante
hechos evidentes, pero la que se orienta con el fin de obtener un propósito, se
revierte en un beneficio social. Sólo con interesa, pasión, amor y obsesión
somos capaces de lograr lo que nos proponemos y de ahí un salto.
Por suerte fui
a dar con la madre de una alumna por aquellos tiempos, la cual tenía relación
con el registro del carnet de identidad a nivel Nacional, logrando obtener en
una hoja de papel una lista muy bien definida, todas las Graciela Fernández con
una edad acorde con la de mi padre y que radicara en cualquier parte del país.
El dato lo obtuve gracias a la ayuda de esta amiga y por vías muy sofisticadas.
¡Qué cosas, o
qué sorpresas nos da la vida!, justo tener de alumna a la hija de un referente
de información en identidad a nivel
nacional.
Tenía ante mí
una lista de nombres iguales pero con direcciones diferentes y sobre todo con
la impaciencia de conocer cuál de ellas era mi madre.
No me
importaba en aquel momento, qué motivos, ni que causas la habían impulsado a
realizar semejante acto, ni sobre qué condiciones o presiones; sólo tenía una
idea, encontrar a mi madre.
Corrí a la
casa con palpitaciones, pues pensaba que en aquella hoja sostenida por mis
manos y rebosante de incógnitas, estaba la información que necesitaba; a mi
padre sólo le correspondía señalar con el dedo o con un simple movimiento de la
cabeza, tendría la respuesta más importante de mi vida en aquel momento.
Con astucia y
no recuerdo bajo qué pretexto logré sacar a mi padre de la casa, dos o tres
cuadras de allí, para no coincidir con la presencia de mi madre de crianza y
poder conversar sin ningún tipo de interferencias que estoy segura, por
aquellos tiempos, no serían a favor. Fue así, donde desesperada le enseñé el
papel, donde se alistaban o se encontraban los nombres de aquellas mujeres
desconocidas para mí, pero existía la posibilidad que una de ellas fuera mi
madre.
Le pregunté,
indicando hacia el papel:
—¿Cuál de estas Graciela es mi madre?
Mi padre muy
serio y creo que para él muy difícil se mantiene en silencio durante unos
segundos y luego me responde:
—Qué pasa mami, deja eso...
Se niega a
decirme, y me doy cuenta de que algo muy serio está ocurriendo u ocurrió, lo
que no le permite bajo ningún concepto confesarme la verdad y le vuelvo a
preguntar:
—Papi, ¿Tú mataste a alguien?—¿Existe algún muerto detrás de toda esta historia?
Me responde
que no y me doy cuenta que tenía a mi padre acorralado en un secreto que para
él significaba mucho confesarlo.
Pensaba que su
comportamiento de negarme en todo momento la verdad, respondía a un solo
objetivo; protegerme de las consecuencias de ese secreto. No obstante me
encontraba ante una situación de disyuntiva donde la verdad se imponía, bajo
cualquier precio y fue así que de forma violenta, y con los ojos llenos de
lágrimas le digo muy fuerte y muy cruel, pues había llegado al límite de mi
paciencia:
—¡Si no me dices la verdad te voy a odiar el resto de
mi vida!
Al oír mis
palabras y mi llanto reacciona rápidamente y con una gran exaltación me responde
de forma rápida y sin aliento;
—¡Es que yo tampoco soy tu padre!
A través de su
expresión me di cuenta que mi querido padre estaba más desesperado que yo y
entonces con dulzura y en tono bajo, tratando de sacarlo de aquel momento tan
difícil para él e impactante para mí, le digo:
—¡Y por esa bobería me has tenido engañada tanto
tiempo!.No te das cuenta que tú eres mi único padre y nadie más que tú, será mi
padre, pues yo soy tu verdadera hija.
Después de
unos minutos, caminábamos, ya sin lágrimas, dábamos la vuelta a la manzana,
donde en total calma pasamos a una etapa de razonamiento, con mucha fuerza y
seguro de sí me dice:
—¡Pregúntame lo que quieras! Pero no vuelvas a
hablarme más de este asunto.
Le pregunté de
dónde era mi familia y me respondió:
—De otros pueblos, que no recordaba bien;
—Que a mis padres no los había conocido, sólo a una
tía y que nunca había sabido más de ella.
—Que le pareció haber oído que también habían
regalado un hermanito mío más pequeño a otro matrimonio.
—Que me habían recogido en una casa con otras
personas, las que por supuesto no eran mi familia.
También me
contó que había estado muy enferma y me detallaba con cariño y dulzura lo
delicado de mis pies y mi pobreza de pelo en aquellos tiempos.
Así terminó su
texto y de su mano; regresamos a la casa en total silencio.
Sin dudas
había subido solamente un escalón, considerándolo un escalón importante para
mí, pues sirvió para que el misterio y la tortura terminaran para siempre.
Sin embargo,
me encontraba a partir de aquella confesión frente a una puerta cerrada, que
sería la primera de muchas puertas, las cuales abriría sólo con ingenio y
paciencia, pues muchos serían los caminos, muchos serían los No!, los No me
acuerdo!, los Yo no conozco nada!, muchas serían las preguntas a personas
conocidas y desconocidas, repetidas una y otra vez y tantas veces fueran
necesarias, al punto de saber en qué momento cambiar la pregunta, cambiar el
tono, mostrar impaciencia, austeridad, benevolencia, desesperación.
Fue sin dudas
para mí a partir de ese momento, las
horas e historias más apasionantes en busca de mi familia perdida.
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