sábado, 26 de octubre de 2019

LOS NOMBRES


ü   Mirta Fernández Pérez.- Fue el nombre elegido por parte de mis padres biológicos y que se me adjudicó en mi nacimiento el 5 de septiembre de 1958. No se efectuó inscripción de nacimiento legal. Desconozco las razones de la elección, pero le atribuyo a ellos, una total irresponsabilidad el no legalizar mi nacimiento en su momento.

ü  Milagros Fernández Pérez.- El nuevo nombre que por sugerencias de la enfermera del hospital, donde estuve ingresada varios días, por delicado estado de salud; con gastroenteritis, tifus negro y sarampión a la vez. Al sobrevivir a la gravedad, le fue propuesto a mi padre biológico el cambio de mi nombre, ya que de milagro, me encontraba viva.

ü  Mariví Fernández Pérez.- Nombre que se me adjudicó en la primera inscripción de nacimiento legal, asentada el 29 de mayo de 1961, por parte de mis padres biológicos. Tomo 85 Folio 45; del Registro Civil de Güira de Melena. Esta inscripción que salió a la luz o se me mostró justo 19 años después; en mayo de 1980; con la presencia de mi padre Edgardo Rodríguez; posee errores de fecha y del sugerido nombre implícito; ya que el sobrenombre de Mariví proviene de la unión de un nombre compuesto, María Virginia, el que fue elegido por parte de mis padres de crianza; por tanto, nos indica que la inscripción en esa fecha, se realizó como reacción a una acción de inconformidad, más ignorancia atribuida, ante el conocimiento de mi supuesta desaparición por una salida del país, la que fue prescripta a la familia biológica mediante envío postal en el mismo año.



ü  María Virginia Rodríguez Triana.- Es mi nombre legal. La inscripción se realizó en el Registro Civil de Ciudad de la Habana en 1967; Tomo 363 Folio 165. Según me contaron por oralidad, ya adulta; que para mi inscripción, fue aprovechada una notificación emitida en la Gaceta Oficial de la República de Cuba y que se hizo pública, donde se daba la opción a inscribir a todas aquellas personas que no habían sido legalizadas hasta la fecha, después del triunfo de la Revolución. Mis padres de crianza, aprovecharon esa opción y fue así que bajo la indicación de un reconocido abogado, que estaba muy vinculado al entonces Presidente de la República Osvaldo Dorticós y dos testigos, se dio paso a viabilizar de forma legal mi inscripción de nacimiento, en 1967; justo cuando ya tenía 9 años. Eso indica, que hasta la fecha, yo era un fantasma, una niña robada o una desaparecida. Recuerdo que a veces, no asistía a la escuela, y no estaba enferma, no entendía el por qué, pero sí habían razones muy serias. Por no tener inscripción de nacimiento legal, no estaba incluida en la matrícula oficial de la Escuela, ni del Grupo; por ello, cuando se conocía de la posible visita de inspección al Centro; yo no podía asistir al aula, era ilegal y por supuesto, si era detectado por  la visita, ponía en riesgo la legalidad de mis padres y también el peligro de ir a parar a una casa de niños abandonados. A pesar del acto ilegal en que se encontraban, supuestamente no consecuente, la Directora de la Escuela, María Teresa Pago, fue un elemento rector determinante para el cuidado y conservación del secreto que me acompañaba, respecto a la no existencia de mi inscripción de nacimiento; sin dudas, me, nos ayudó; permitiendo la posibilidad de asistir a la escuela siempre, por y para cumplir las normas establecidas y derechos de todo niño para su aprendizaje, hasta que en el cuarto grado se legalizó mi existencia. Esta inscripción también posee errores, donde dice que mi lugar de nacimiento es Cárdenas, Matanzas. En verdad, nací en San Antonio de los Baños, justo en el terruño donde hoy radico. Por razones personales con 38 años, ya fallecidos mis padres, regresé al mismo por permuta, sin ni siquiera imaginar que en el hospital de este mismo pueblo, fue donde por primera vez abrí los ojos y se escuchó mi primer llanto.


ü  Mariví Rodríguez Triana.- Más que mi nombre, es mi identidad psicosocial y la real aceptación con mi yo. Es mi conformidad itinerante, donde se juntan recuerdos e historias; ambas incluidas. Es mi real verdad. El nombre de María Virginia, me resulta muy largo, debe ser por su fonética extendida, que no me resultan reconocibles o cercano al supuesto nombre que debo haber escuchado durante mi primer año de vida. Todos me conocen como Mariví; muy pocos como María Virginia. En un tiempo pensé cambiarlo, pero conllevaba a engorrosos cambios en los títulos, publicaciones e inscripciones de nacimientos de mis hijos. Para llegar a mí por vía postal, sólo es necesario indicar en el envío, ese nombre, Mariví de San Antonio de los Baños, Cuba. El correo postal me reconoce, no advierte en posibilidad para equívocos.



LA NO QUERIDA


Les comento que el texto que da nombre a este Capítulo, fue motivo de otras propuestas, como Tropiezos, Los escalones y quedó el que hoy vemos en su comienzo. “La no querida”; que es la frase que forma parte de una conversación en 1999, con una prima de mi padre; que en esa fecha, había visitado mi casa en términos muy personales y/o particulares, con intereses de tramitaciones legales y que también fue aprovechado, mitad vacaciones y mitad trámites.

Mery Laffont, es esa prima, que justo nos conocíamos desde mucho tiempo atrás,  la tengo incorporada desde mi niñez consciente y en momentos de su juventud, también ambas convivimos en la misma casa. Nuestra relación aunque algo distante y no cariñosa, era aceptable.

Hacía mucho tiempo que no coincidíamos, desde la década de los 80’, pues ella prefirió o decidió abandonar el país, aunque eso no fue razón para limitar la comunicación y mucho menos para no aceptar su visita en mi casa, pues pasaban los diez años de ausencia, al que se le agregaba el dolor de la partida física de mi padre. Siendo la prima; imposible negar nuestro vínculo común.

Entonces, aprovechamos el tránsito o estadio en mi casa como motivo para largas charlas de variados temas que se entremezclaban con recuerdos de sucesos, momentos y hechos de acercamientos particulares durante la época que coexistimos juntas y que al rememorarlas evidentemente, nos indica que marcaron su vida y la mía.

El texto, La no querida, concentra en sinopsis a los variados hacedores que dieron pie a su elección. Increíblemente en esa frase se resumen decenas de sucesos y hechos que acontecieron durante mi niñez, mi juventud y en mi vida personal; hechos que en su momento no sabía el por qué o los fundamentos y mucho menos, no podía entender por mi corta edad, para poder apalear una mínima explicación que me acomodara desde la razón o lo justo.

Digamos que en esa frase se da un acercamiento a las respuestas y razones de los supuestos enigmas que habían trascendido en el tiempo como fantasmas perseverantes, acompañándome a mis lares y con apariciones inoportunas sin llamarlos, pues los variados espectros colgaban de mi ser como bolas de adornos en un árbol de navidad; los que no eran precisamente, ni regalos, ni acontecimientos de celebridad; y sí, componentes arbitrarios y vestigios de una familia, entorpecida y disfuncional.

De todas las personas que conformaban mi familia, excepto mi padre y abuela Nena «la madre de mi padre», era yo víctima de múltiples formas de maltratos, a través de textos y actuaciones incomprensibles, que podríamos resumirlo en violencia psicológica infantil moderada «sin golpes», pero persistente.

Es por ello que escribo aquí; me resulta imprescindible para mi paz y conformidad propia, DENUNCIAR, al exponer algunos de los hechos, que siendo niña, no concurrían ni a preguntas, ni a respuestas; y que sólo al paso del tiempo, con la capacidad de una percepción aprehendida incorporada, pude comprender que algo no estaba bien, al ir entrelazando textos, comportamientos y sergas, que muy bien éstos, hoy serían aprobados en casting para un tráiler no pertinentemente popular.

Me resulta importante aclarar, que los comportamientos fieros o despiadados contra mi persona, siendo una niña o adolescente, nunca ocurrieron en presencia de mi padre; lo que nos lleva a la confirmación de la doble mala intención intrínseca.

Y comienzo así; de atrás para delante.
Algunos meses después del primer aporte de mi padre, al revelarme o confirmarme que Dolores, no era mi madre biológica; la vorágine que se había vivido en mi casa se encontraba en cierta calma; pues a la vista de los otros, esa era la feliz apariencia social; donde la supuesta tranquilidad la había sustituido por una creciente exigencia a mi persona, que se manifestaba en repetidas ocasiones, al entrever extremos con acuses de celos, reproches y en algunas ocasiones hasta humillaciones, que mucho me dolían y afectaban.

Junto con nosotros, vivía un sobrino de mi madre; Alexis, hijo de su hermano y querido tío Domingo Triana; los que ambos, de hecho, ocupaban un lugar privilegiado para ella.

Por su trato para con su sobrino, éste, se encontraba siempre en ventajas sobre mí, por la consanguinidad; pues dada la historia de la niñez y juventud de mi madre; Alexis, en verdad por contexto psicosocial no era su sobrino; sino, su nieto; pues el que ocupaba el mérito de hijo, era Domingo. Lo había criado desde los 12 años, después de morir su madre, al poco tiempo de nacido.

Confieso, que nunca sentí celos con Alexis y mucho menos de su padre, Domingo; al contrario!, era mi tío y primo preferido!; ambos estaban muy bien asumidos desde mi interior como mi familia directa y cercana; pero he ahí el problema o la paradoja; lo que ellos representaban para mí, no coincidía con lo que yo significaba para ellos.

Los hechos desajustados o enigmáticos que acontecieron años después; expusieron la real verdad; sí, la verdad oculta por más de dos décadas y que sólo emergieron para un impacto contundente, por la fuerza de la incoherencia y lo inexplicable. Mi familia, no se derrumbaba, no desaparecía, mi familia, ¡NUNCA EXISTIÓ!.

Corroboro que con los decesos de mis padres, dígase incluso; que desde el momento en que fallece mi padre en 1994, hubo un giro total de 180° para los tratamientos conmigo, desde mi madre de crianza hasta la supuesta familia. Quedaba absorta ante las incongruencias.

Mi madre de crianza llegó a culparme de la muerte de mi padre; por aceptar la propuesta de trasplante de corazón que sugerían los médicos que lo atendían y especialistas de Cardiología del Hospital Hermanos Ameijeiras.

Su acuse de reproche humillante, me lo repetía constantemente; cosa que por respeto a la memoria y su deteriorado estado de salud, «Leucemia mieloblástica con linfoncitos en transformación, diagnóstico que según las estadísticas del hospital, sólo la habían padecido 5 pacientes desde su inauguración; diagnóstico patológico extremadamente agresivo». Por lo que esa enfermedad no era recurrente en la población;  que justo apareció, a un mes de la partida física de mi padre; me negaba a enfrentarla, pero lo consideraba totalmente absurdo!; pues si los médicos lo indicaban como opción vital predominante para salvar o alargar su vida, era porque dada la gravedad, su salud se encontraba en el límite, por lo que el trasplante, era la única vía y definitiva opción, sin obviar, por supuesto, los presuntos riesgos que se asumen en toda intervención quirúrgica de ese tipo y más, porque ya había sido intervenido quirúrgicamente el año anterior, para inserción de 4 bypass.

Continuamos la senda de retroceso en el tiempo.
Por lo extremo sufrido, consideré que en algún momento era importante dejar constancia de todo lo vivido, mejor dicho, de todo lo injusto vivido; pues si bien me encontraba satisfecha por la presentación en la escuela de mi madre de crianza en mi defensa, tras la acusación desmedida de la niña, en los minutos del receso, este hecho, fue motivo para dar mi primer paso a la eterna interrogante de la desconfianza; ¿Y si es verdad?. Bueno pues, me posesioné completamente en ello, ya que los tratamientos de mi madre de crianza y mi padre hacia mi persona, diferían o digamos que se movían en direcciones totalmente opuestas.

Observadora a la fuerza, percibí que a partir de este suceso en la escuela, las cosas en mi casa no marchaban bien, había inseguridad, discusiones y ésta, se mostraba siempre disgustada, brava, con cierta agresividad contenida, que la reforzaba con un mal carácter constante, pero sólo contra mí; pues para las otras personas, su tono y atención no eran igual. No tenía casi amigos o amigas en el barrio, no se me permitía bajar de aquel apartamento, en casi una 4ta planta. A mi casa la visitaba sólo una vecina, llamada Fela, del mismo piso y que al paso del tiempo, presiento que fue la portadora del desenfrenado texto que se hizo público y que les pertenecía sólo a mis padres de crianza.

Creo que el hecho de sacar a la luz mi verdad¸ de la hija no biológica, por parte de Fela, fue un acto de venganza o frustración y tal vez de inconformidad comprometida que había guardado a los tiempos, pero no asumido; por un acto anterior de rebeldía de mi parte para con ella; al reclamarle y exigirle con fuerza; dejarme ver los muñequitos en la televisión de mi propia casa; pues ella sólo era la vecina y que no tenía derecho a decidir o diferir con mis elecciones televisivas.

Agrego que tampoco Fela tenía hijos y aunque casada, recuerdo que para la fecha de la época, su forma de vestir no respondía a una moda preferentemente femenina. Tal vez hoy, donde las diferencias o elecciones de género abren cada día sus puertas a la diversidad, otro hubiera sido el texto, no precisamente referido a mi persona, pero me atrevería a discernir, que sí para Fela; de otros del vecindario.

Hoy considero que el error no fue el de la portadora frustrada chismosa, ni de la niña del receso. El error fue el de no decir a tiempo la verdad, cuando existía la probabilidad de su aparición o la duda, se hubieran evitado disímiles desencuentros para mal, tanto para ellos, como para mí.

Fue así, que nunca más se separó de mí el sentimiento de la desconfianza, pues los repetidos hechos querellaban para la entrada de repetidas interrogantes por y para la verdad oculta o adulterada. Como comenté en el Capítulo 2; muchas veces me quedé mirando el cuerpo de mi madre de crianza y en vista fija a su abdomen censuraba; ¡de esa barriga, yo no salí!.

De aquella etapa, la década de los 70’; recuerdo situaciones muy tristes con ella, mi madre de crianza. Sobreviví a fuertes momentos de incomprensiones, acusaciones y malos tratos de su parte; los que a pesar de los más de 10 años que coexistíamos como supuestas madre e hija, la convivencia cada día se nos hacía insostenible. Reconozco que siempre fui una adolescente rebelde; tal vez era precisamente mi reacción a su injusticia, pero no me quedaba otra opción que aceptar y aprender a tener paciencia, pues sólo contaba con 11-13 años de edad, donde me era imposible moverme para curiosear o acercarme a intentos de indagaciones o pesquisas referidos al tema. Estaba sitiada, limitada, encerrada, no escuchada para preguntas, ni posibles respuestas, y en alguna medida, me encontraba desaparecida.

Pienso que en esos tiempos, mi madre de crianza, sufría de inconformidades y reveses muy particulares de su imaginario pasado; como hija, madre y también como mujer; la que la llevó a aceptarme como hija gancho, en su total beneficio; Objeto adquirido para amarre de su interés y que la ayudara a especular en la posibilidad de la madre, como pretexto ante las irregularidades de su matrimonio, que ya pasaban los 8 años, sin posible acierto a la maternidad.
Su vida en el cotidiano, dado los arrastres asumidos, y no deseados, constituían un suplicio; hoy, al acceder a sus fotos, se le observa con poses y gestos, desmesuradamente seria, seca, distante, baja autoestima y sin la más mínima señal de afectos; lo que atestiguan y confirman mi texto, que la llevaban a silencios prolongados, desinterés, con maltrato acusador incorporado, y también acompañados de actos desmedidos de persecuta a mi persona ingenua, pre-adolescente y que sólo formaban parte de sus frustraciones, pues si me asistía algún pre-enamorado propio de la adolescencia; se montaba en un set policíaco psicótico de seguimiento y en averiguaciones a la familia del chico, lo que conllevaba al desmonte y retirada del interés del pretendiente y mi total incomprensión por las gestas resultantes, pues en las escuchas e intercambios con mis amigas respecto a los comportamientos de sus familias, este tipo de hechos, no ocurrían.

Ese comportamiento de persecuta a la familia del pretendiente, estaba dado por la duda espeluznante, en la que se encontraba atrapada por cierta posibilidad al azar, de coincidir con mi hermano como enamorado o novio. Evidente, clarísimo! conocía de su existencia!.

Sus actos para conmigo rebosaban la inconformidad, banales, fallidos; yo siempre estaba equivocada. No me acercaría jamás a la posibilidad de coincidir con sus normas o gustos. No bastaba con obtener notificaciones en la escuela de Muy Bien, no bastaba con una nota promedio de 95; sus exigencias, no admitían equívocos. Para evitar males mayores, debía alcanzar un Excelente o 100 puntos.

Obvio, proyectaba sobre mí, sus deficiencias, sus frustraciones, sus deseos no alcanzados o sus metas no logradas; buscando en su exigencia desmedida, en la estudiante excelente, las apariencias de la madre perfecta.

Nunca fui motivo para su abrazo, ni por saludo, ni bienvenida, ni afectos, ni aceptación; contrario a mi padre que por mi llegada y recibimiento, le acompañaba una expresión al Universo.
—¡Mi chinaaa!, con los brazos abiertos y la sonrisa que desbordaba su alegría. Evidentemente, las formas de expresar los sentimientos hacia la querida hija, eran totalmente contrastadas.

Hay un hecho límite en sus actos para conmigo, que marcó mi existencia y quedó claro como la hija nunca aceptada, aún recuerdo su rostro agresivo, cuadro a cuadro, como diríamos en cine y letra a letra su texto; el que hoy todavía prefiero no catalogar con escritura,.. Mejor así!; no quiero saltar los cánones de la ética!.

A los pocos días del regreso a casa, después de meritorias vacaciones a mi padre, en conjunto con sus compañeros de trabajo y familias, a la playa de Varadero…ocurre que, de mañana cercano al mediodía, suena el teléfono y yo respondo;
—Dígame!..... No sé,……
De inmediato mi madre de crianza agarra el teléfono y seguido a su escucha,… el cambio que se divisaba en su rostro, presuponía que no eran noticias muy reconfortantes…
Ella responde:
—No, que yo sepa no……..ella tuvo su menstruación la semana pasada!!!
Y seguido, aún con el teléfono en mano, se vira para mí, con rostro totalmente descompensado, agresiva, donde me grita:
—Dicen que tienes turno para un legrado!!...Si eso es verdad, ¡¡YO TE MATO!!.

Una vez más, salí corriendo de mi casa llorando, dada la irritación en el cuestionamiento y porque no entendía nada. Cercana a trece años de edad, aún por ingenuidad y dada mi crianza de encierros, desconocía la palabra y el significado de un LEGRADO.

Minutos después, la tía que vivía en los altos de la casa acudía en mi defensa y fue directa al regaño imperativo por su descompuesta e irracional controversia para conmigo.
Nunca se supo de quién, de dónde procedía y el por qué de la infructuosa llamada; tampoco me pidió disculpas por su liviandad absurda.

Este hecho, sirvió para enterarme en mi adolescencia, qué significaba y en qué consistía un legrado y también me cayó la ficha, y se me asomó la pregunta curiosa: —¿Y si hubiera sido verdad?. Vale preguntarse o responderme a los tiempos; en caso afirmativo, qué hubiera sido de mí,.. ¿Dónde estaría ahora?…

De los años que sobrevinieron a los 70’, los rememoro como muy difíciles, tristes,  incomprendidos y muy injustos. Producto de lo sucedido en la escuela, en los primeros meses del curso 69-70, al que se le agregó poco tiempo después la ausencia de mi padre por 6 meses continuados, en su primer viaje al extranjero; encargado como Jefe de Fotografía por el ICAP a la Expo 70 en Osaka, Japón; y que su ausencia, agudizó para mal el ambiente disfuncional familiar en el que vivía con mi madre de crianza, a pesar de alejarnos por completo del lugar; por mudarnos de Perseverancia a una casa en San Lázaro No. 956, en Centro Habana.

Este apartamento se encontraba en una tercera planta interior; lo que me llevaba a estar mucho más encerrada. Para el acceso a la misma se atravesaba el patio del inmueble constructivo habitacional, por lo que la visibilidad social era nula, me encontraba rodeada de muros.

Hoy esta construcción inmobiliaria me lleva a una analogía con el Presidio Modelo en la Isla de Pinos; hoy, Isla de la Juventud; en mi visita en 1998, dada una investigación histórica realizada al ex historiador José Rafael Lauzán; dónde desde la mirada de los que allí se encontraban, sólo veían, la cima de la Sierra de las Casas y el cielo.

Recuerdo que por estar situada en la última planta, cercana a la azotea, me escapaba cada vez que podía, por curiosidad necesaria o propia de la edad; intentar buscar un acercamiento con la sociedad, aunque fuera sólo para mirar el tránsito de la calle y los edificios que circundaban el perímetro. Ni siquiera se me permitía mantener comunicación con los chicos de la casa de al lado.

La escuela primaria Martha Abreu, a la que asistía y donde concluí los estudios para el paso a la Secundaria, se encontraba justo cruzando la calle; un punto más que favorecía el esmero encierro que me acompañaba por más de diez años.

Ahora puedo comprender que ella nunca superó el hecho incómodo acaecido en el receso, de mi grado, a pesar de alejarnos definitivamente por mudarnos del barrio. La nueva dirección no aplanó el tema incómodo, al contrario, se presentaba como una segunda etapa para nuevos y mayores insultos continuados; los que ya se me reflejaban en la Secundaria con aptitudes de desinterés y continuados estados de tristeza por el rechazo.

Por esa fecha, mi madre de crianza se mostraba con total descontrol de los nervios; me acusaba por cualquier cosa, me maltrataba de palabras, hasta el punto de humillarme por mi físico delgado u otro tema que se inventara; desdichadamente yo, no acertando en nada. Cada día, ella se transformaba más, para peor, lo que me llevaba cada día a acercarme más a mi padre; aspecto éste que conllevó a constantes discusiones entre ellos, al diferir en los temas asociados a mí. Mientras más crecía, peor era mi vida, pues ya no era un infante, sino, otra mujer que de alguna manera le arrebataba su espacio y el cariño de su marido, mi padre. Su personalidad respondía a un ser agriado, inconforme e infeliz, pero vale aclarar que para los descendientes de su familia materna, se montaba en un personaje totalmente opuesto.

Vivimos en la casa de los muros, durante casi dos años; hasta que en el primer trimestre del año 1972, con plena asistencia, coordinación, complicidad o conformidad con su tía materna (Nena Machín), se realiza la permuta para la que fue la última morada de mis padres y mi última vivienda en la capital; Lombillo 503, en bajos.

La casa, era aún más pequeña, digamos que un cuarto continuado con un baño incorporado, nada más; pero tenía algo favorable; acceso directo con puerta a la calle; por lo menos no me encontraba encerrada y aislada de la sociedad; para mi gusto, siendo un barrio más tranquilo y agradable a la vista, por los árboles incorporados en las aceras; pero si bien el ambiente era favorable, el estado de mi madre de crianza se encontraba descompensado y recuerdo que a pesar de sus malos tratos, siempre la acompañé a su tratamiento de electro-sueños indicado por su médico psiquiatra en el Hospital General Calixto García; donde permanecía hasta más de 2 horas en la puerta, por la espera del tratamiento; que consistía precisamente en propiciarle el sueño; hacerla dormir.

Me viene a la mente un suceso, justo de ese tiempo cuando asistíamos a la terapia indicada, donde producto de sus actos descontrolados o por impulsos, cruzó la calle que nos llevaba a la entrada del hospital y que por no mirar el semáforo y tampoco escuchar mi aviso, fue atropellada-empujada por un auto; donde dado el impacto con éste y la caída abrupta, le fracturó completamente la muñeca de su mano derecha.

Dado esa fractura, era yo la que la cuidaba y me ocupaba de los menesteres en el aseo de ella y de la casa. Recuerdo que por tabúes de la época, le costaba mucho trabajo desnudarse ante mí para el baño o aseo personal. Nunca me reconoció mi esfuerzo a mi temprana edad; al contrario; me repetía que por mi culpa, se encontraba enferma.

A pesar de su tratamiento médico inclusivo, con 2 sesiones por semana; no se recuperó del todo; por lo menos conmigo no cambió, sólo hasta que cumplido los 15 años, me bequé, dejando el camino libre para su autoritarismo y reinado deseado.

Reflexionando hoy al paso de casi 40 años y escribiendo aquí en la computadora, pero sentada en la misma mesa con criterio de patrimonio, donde mi padre me tomó mi primera foto de mi 2do cumpleaños; donde hacía mis tareas!, donde comíamos en aparente “familia” y donde no faltaron los regaños repetidos por mi inapetencia y donde tampoco faltó mi rebeldía por guerrera, ante imposiciones con mala forma en los momentos de almuerzo o cena; pues, no fui personita para grandes tandas de comida, supongo que lo tenía incorporado por mi contexto pobre vivido en los orígenes!!.

Y me resulta válido exponer que en los primeros intercambios con Angelina mi madre biológica; ésta me contaba a duras penas, su dolor, dada la pobreza que los asistía en mis primeros meses de vida; donde a falta de leche, me daban agua con azúcar para la sobrevivencia. Obvio, no los abrazaba sólo la pobreza, también la ignorancia; imposible mantenerme el amamantar, si a mis seis meses de nacida, en marzo 1959, ya se encontraba en su cuarto embarazo, de mi segundo hermano.

El cuarto para la escala de los nacidos; y aprovecho para asentar que ocurrió un primer nacimiento de jimaguas, no logrados; los que fallecieron a los pocos días de nacer. Desconozco las causas.

Jorge Luis, es el otro hermano que fue dado en crianza de meses a otra familia, ya sea regalado o vendido!; a estas alturas de la ruta, no es perorata significativa. Según la oralidad que me llegó de otros, se dice que también transité por esa familia y de ahí ocurrió el salto para mi status de apellidos legales actuales.

Entonces, con estos mínimos apuntes de anécdotas y/o recortes de testimonios plasmados en este Capítulo: La no querida, abre las puertas para el sinceramiento de la justicia a pesar de los años, no precisamente en un Tribunal Legal; pues ya no nos acompañan las posibilidades, también por las ausencias físicas; pero sí para dejar constancia para la historia, de hechos que laceraron profundamente la ingenuidad de mi niñez; quedando sólo en la vivencia intangible de mi cerebro y en el silencio muy bien guardado u omitido para los demás; hasta que se demostró lo contrario.

Cuando transité al nivel medio superior, me bequé con 15 años en 1973, en la Escuela Vocacional Vladimir Ilich Lenin, cuando al año siguiente, integraba el III Contingente Pedagógico, Manuel Ascunce Domench y que por suerte continuaba becada; cuando me casé en 1975 y en julio de 1976, salí definitivamente de la casa por actitudes no propias, ni de madre, ni de abuela; el rostro y comportamiento de mi madre de crianza en parte, cambiaron a favor, ya no era la misma, pues parecería que para su gran satisfacción, al fin!, me encontraba fuera de su casa y sobre todo, distante de su marido.

Ya no constituía un problema para su privacidad y de entendimiento con mi padre. Ahora ella, sí, mi madre de crianza; era el centro de su techo, de su pareja, de sus aspiraciones. Las fotos de la época, con risa incorporada constante, confirman lo acá expuesto.

Me resulta trascendental dejar constancia de otros hechos que en diferentes tiempos acaecieron. Algunos aislados, otros perecederos, presuntos para posibles preguntas, sin respuestas:
Recién casada le trasmitió a mi esposo con criterio muy reservado, que no podía quedar embarazada, porque me encontraba muy enferma del corazón. Cosa totalmente incierta, hasta la fecha y en mis 60 años, jamás he padecido afectaciones o irregularidades del corazón.

En 1979, tras un aborto espontáneo, cuando me encontraba precisamente en las sendas de la búsqueda de mi familia biológica, planeó en secreto con la doctora que me atendió en ese momento, acordando y de hecho; incorporarme un anticonceptivo intrauterino; DIU, y que nunca se me comunicó y que al paso de los años, cuando me proponía tener mi segundo hijo, no me embarazaba; a pesar de que hacía años que no tomaba las pastillas anticonceptivas, por lo que sin saberlo, tomé pastillas anticonceptivas por varios años, desconociendo que también tenía incorporado un DIU, en justo arreglo asistido entre la doctora y mi madre de crianza, o sea, doble anticoncepción. Este secreto, duró hasta 1983, en que un estudio de ultrasonido aportó las causas de mi supuesta infertilidad del momento, el mismo, sacó a las claras y arrojó los motivos no sospechados. Tenía un Dispositivo Intra/Uterino incorporado. Terrible!!; imposible quedar embarazada!. Y ella, lo mantuvo oculto por años, tampoco abrió su boca en criterios de inconformidad, cuando mostré los resultados del ultrasonido. He ahí la prueba de su maldad y complicidad.

Como ven, en mi madre de crianza; todo lo que estuviera ligado o vinculado al tema EMBARAZO en mi persona, constituía una mala palabra para ella, con un total rechazo de su parte, que la llevaba a actos o textos desmedidos; cualquiera podía quedar embarazada, menos yo. Capaz de inventar mentiras no piadosas a facultativos o especialistas, para lograr su objetivo secreto e inhumano; ¡No autorizada!, en la que el derecho a elegir o decidir, sólo me correspondía a mí.

La acompañó por mucho tiempo una gran frustración al no aceptar mi ilimitada fertilidad, a diferencia de su extrema infertilidad, sin opciones, ni remedio, por aquellos tiempos.

Pero hay una interrogante vinculada al tema de la fertilidad e infertilidad y que sólo me asiste la respuesta en aplicar lo estudiado respecto a las relaciones de parejas, la familia, los comportamientos sociales, dada la época y la lógica.

—¿Por qué mi padre no la enfrentaba o ponía límites a su supuesto poderío y nefasto proceder para conmigo?.
Los años, la experiencia de lo vivido y estudiado, me sugiere que como era precisamente él, el infértil, la hacía ser poderosa en el marco de la pareja; al aceptar la limitación o negación de por vida para la maternidad y mantenerse al lado de un hombre que nunca la haría madre, porque no era ella precisamente la infértil.

Muchos años después, en una conversación de total confianza con mi padre, ya adulta, le pregunté:
—¿Por qué no te trataste con un facultativo para conocer las causas de la infertilidad?, ¿tal vez era algo simple?; lo que me respondió:
—Preferí no saberlo nunca!.
Evidentemente, la época lo marcaba para ni siquiera consultarlo con un facultativo o especialista; donde para la sociedad real y no aparente, la infertilidad en un hombre, lo presuponía como poco viril. Entonces me queda claro que mi existencia era precisamente su fortaleza, donde a pesar de la no consanguinidad, llegó a quererme como mi padre real. Yo por mi parte, lo asumí como el único que me quiso y estuvo siempre feliz con mi llegada y presencia.

A partir de 1978, cuando ya vivía en mi casa, asignada por la Dirección Municipal de Educación, por ser Docente y encontrarme trabajando en dos centros a la vez y tres niveles de la Enseñanza Secundaria y Preuniversitario; me convertí en su criada para los fines de semana. Ella llegaba con muy buena cara a mi casa; muy alegre, sobre todo para que le lavara su ropa y la de mi padre. Esto ocurrió todos los fines de semana, durante 15 largos años; tributando en su consentimiento para una máxime turista; donde ni siquiera nunca me gratificó o consideró en su menester, o la posibilidad del cuidado de mis hijos para una posible escapada matrimonial, en alguna de las noches que pernoctaba los fines de semana en mi casa.

A ello se agregaron las continuas visitas repetidas de amigos de mi padre con sus familias, que también venían a mi casa a recrearse, digamos como un fin de semana campestre con estancias incluidas para cenar y pernoctar; en un fascinante ecoturismo Caimitense; pueblo éste no muy lejano a la capital. Recuerdo que en una ocasión durmieron en mi casa 22 personas. Mi vida era una total rutina y también mi matrimonio se desmembraba con pocas altas y extendidas bajas.

Todo este desentonado e injusto bregar, con relatos mínimos, porque fueron muchos en cuantía; me enseñaron a trazar pautas y normas para reconocer mi realidad des-familiar, la que se agravó con la enfermedad de ambos; el que llevaría en agrego a un capítulo muy particular; pero hoy, no es necesario echar más leña al fuego.

No obstante, me resulta muy importante aunque fuese al final de este capítulo y del libro, responder la interesante pregunta que Octavio Chávez Martín, mi eterno y fabuloso amigo que a la distancia me hizo en intercambio amistoso; que justo por ser familia de los que eran compañeros de trabajo de mi padre, fue partícipe directo de muchas de estas ocurrencias o incongruencias de mi madre de crianza, durante mi adolescencia.
Me pregunta Octavio:
—¿Cómo reaccionó Dolores cuando se enteró de todo lo que habías hecho?
Y le respondí:
—Cuando Dolores, mi madre de crianza, se enteró de todo, no tuvo desplayes en contra; porque no lo recuerdo!; lo que indica que por lo menos a mí, no me dijo nada; también ya yo no vivía en su casa, lo que fuere, ya no le afectaba en nada. No tuve de su parte, ningún tipo de acompañamiento para enfrentar mi triste pasado; pero sí me di cuenta que de su parte ocurrió un cambio interesante; dado después de salir a la luz el encuentro con mi familia biológica.

Cuando coincidíamos en su casa, no en la mía, por cualquier razón no justificada, me acosaba de forma repetitiva, con anécdotas del momento y la época; de cómo me encontraba físicamente cuando me había recogido; de lo mal que estaba, de lo flaca y desmejorada, sin pelo y de lo fea que era. Me contó, que cuando coincidimos por primera vez, una frente a la otra; al cargarme, me le abracé a su cuello y fue ahí, cuando decidió aceptar para llevarme. Sin dudas, mi abrazo fue el pretexto a su favor, bajo la manga; la hija gancho; como ya expuse anteriormente; que la llevarían al poder y control absoluto de mi padre en su afanado reinado. Rememoro que sus textos siempre fueron en tono despectivo hacia mi persona, al que nunca le asistió reconocimiento, ni afecto alguno; sin tener en cuenta que su testimonio o anécdota muy mal contada, respondían a la realidad vivida por una personita ingenua, víctima de la irresponsabilidad de otros. Me resultaba difícil escuchar su texto, pues alguna mezcla de burla, le asistía.
Recuerdo que me inventaba cualquier pretexto para cambiar el tema o salir de casa, para no seguirle a la escucha.

Para entender en síntesis el qué y el cómo respecto a comportamientos egoístas y desmesurados durante esos años; despliego en breve mi sentir guardado: —Detrás de cada extremista, se esconde un oportunista!. Así me quedó grabado.

Por ello escribo, plasmo con nombres y apellidos reales, lo justo!; ni le quito, ni le agrego!, no hay espacios para inventos; sobran las mentiras!. La no querida, al paso del tiempo, se creció, se abrazó, subió su autoestima y se quiso ella misma; saltó los muros de las culpas y reproches inventados por otros y siguió caminos con la mirada al frente y la cabeza en alto, por dignidad.
Siempre he creído y confiado en las palabras de mi padre que me enseñó y repitió; ¡La Justicia es lenta, pero llega!. Así camino.