Testimonio denuncia.
Octubre de 1969. Recién cumplido los 11 años,
cursaba el 6to grado; primer Semestre del último año de la Enseñanza Primaria,
en la escuela 26 de Julio, que se
ubicaba en la esquina de la calle San Rafael y San Nicolás; a unas 9 o 10
cuadras de mi casa.
Por aquellos días se había mudado cerca de mi casa; en
la misma cuadra, justo en la esquina de Ánimas, una niña de mi edad, que se insertó en mi mismo grado y grupo.
La llegada al barrio de nuevas personas, eran
motivos del comentario por incertidumbre del vecindario, ya fuera en la bodega
o en el círculo de personas que alistaban el estatus comunitario de la cuadra
donde radicaban familias muy conocidas, por más de diez años.
Los adultos desestiman la presencia de los infantes,
que no dejan de escuchar y observar lo que les rodea; de ahí el dicho que dice
que; los niños no mienten, porque
escuchan lo que los adultos exponen y repiten sin obviar el más mínimo detalle,
sin tener en cuenta los posibles errores y el comprometimiento.
Yo, pre-adolescente y en extremo muy observadora, pareciera que lo traigo en genes o lo
adquirí como adaptación inconsciente por repetición necesaria, había
escuchado en comentarios de adultos, sin
mera curiosidad; que la niña nueva
era hija de una Señora que se encontraba inválida, discapacitada para caminar; pero
que supuestamente atesoraba un historial meritorio en la lucha clandestina de
pre-comienzos de la Revolución, lo que constituía desde su llegada al barrio,
criterio de respeto y admiración en todo el vecindario.
A los dos meses del inicio del curso, la niña nueva de
la clase, de la que hoy meramente guardo en mi memoria muy poco de su imagen,
tampoco tengo fotos y que no recuerdo ni su nombre (1), llegó al barrio y a mi vida para formar parte del Grupo y
colectivo donde cursaba el grado final de la enseñanza primaria. Era una niña
delgada, de pelo rizo, con aspecto triste que sugería estar carente de afectos.
Supe después que provenía de provincias orientales. Su interactuar social; digamos,
desde mi parecer, que era el de una pre-adolescente no comunicativa, poco
inclusiva; lo que hoy me sugiere que también no era muy escuchada en su ámbito
familiar.
Mi grupo asistía a clases en horario de la mañana
hasta el mediodía, pero el receso,
además de ser el momento de cargar las
pilas por la merienda incluida, como decimos en el buen cubano; era el
tiempo elegido para disgregarnos o juntarnos. Eran los veinte minutos mejor
aprovechados para expresarnos sin temor a ser retados o regañados; para cantar,
saltar, jugar y despilfarrar las hormonas de la ingenuidad, pero que justo por
la edad, ya se alistaban para intentar mirar a los elegidos, teniendo en cuenta
los intereses referentes a la edad, que nos impresionaban o nos llamaban la
atención, lo que sí o no; por supuesto, empezaban a formar parte de nuestras
primeras historias de aventuras y sueños con detonantes de alabanzas por
aterrizajes forzosos no previstos.
En el inmueble constructivo del Centro, edificación
de 2 plantas, en forma de L y que hacía esquina con un patio interior; sobre
las 10:00 de la mañana, de lunes a viernes, los espacios grupales del docente
sonaban de forma estrepitosa por la llegada del receso. Todos nos dirigíamos y concentrábamos en la azotea de la
edificación; que vibraba por los saltos, las risas y los cuentos que
aportábamos cada uno de los que allí estudiábamos de acuerdo a las simpatías,
empatías y de cómo nos expresábamos en esa etapa, curiosidad u originalidad del
momento físico y psicosocial, que por suerte, al ser temprano en la mañana, el
Sol no nos importunaba y nos permitía incursionar en desafíos de juergas,
alborotos o la brega incipiente; hasta la espera del famoso timbre que acusaba
como ruidoso y poco deseado; para el regreso sin demora y sin escape, a cada
aula y a la siguiente clase.
Pues bien, volviendo al objeto que nos ocupa; la
niña recién llegada al nuevo grupo-colectivo no imaginará jamás que aquel receso,
de un día preciso de las primeras 8 semanas del comienzo del curso 1969-1970;
en su proceder, lo catalogaríamos mis amigas y yo, como un comportamiento incomprensible,
desajustado, inapropiado o absurdo, convirtiéndose en causa y efecto a la vez, de
este literal manuscrito testimonial y denuncia de aquel hecho, que si bien no
responde a la escritura original con detalles en su momento, pero sí, a los
efectos y secuelas de su acto fuera de lugar, que marcaron huellas intangibles,
pero presentes de por vida, en mi memoria guardada con secuelas de impacto
psicosocial que allanaron mi raciocinio en preguntas con o sin respuestas
durante muchos años. La mayoría inconclusas en mi transitar por la sendas de la
vida; en las que hoy, después de mucho pensar, buscar, me detengo y escribo,
corroborado o no, pero para dejar constancia del fragoso suceso y su vivencia.
Recuerdo que para mí en aquel famoso receso, en un
segundo se me hizo de noche; un silencio acusador con impacto desconcertante
que opacaba la luz de la mañana sin nubes de mediados de otoño, el llamado
atónito de aquella niña, a la exposición pública de un fuerte texto
incongruente, discordante, y que no se sabía de dónde, ni el por qué, ni
a quiénes era dirigido;
…¡YO NO HABLO CON ESTA RECOGIDA!..
¡QUE LA RECOGIERON DE UN LATÓN DE
BASURA!
Sin embargo, en fracciones de segundos, su mirada
acusadora, no admitió errores; era yo, el primer protagónico en persona de una
ficción que a los tiempos se volvió documental.
No olvidaré jamás casi en los minutos finales del
receso mañanero y justo frente a mis
compañeros y amiguitas del grupo, que nos encontrábamos disfrutando en la
azotea, el acoto del qué exponía ésta niña y el cómo; el tono y fortaleza de su
voz agresiva, de burla desafiante, que gritaba de forma humillante y sin
sentido para mí.
Creo que dentro de los motivos de la niña para su
desplaye eufórico, no eran contra mí, sino, la importancia de ser la portadora
del secreto bajo la manga; la
posibilidad de sentirse escuchada y poderosa a su llegada; su penuria del sí o
sí, en ser aceptada en el nuevo colectivo; por ser la magnánime conocedora de
lo que se encontraba oculto para muchos, empezando por mí.
No hubo intercepción de ninguna maestra, imagino que
no escucharon, porque nos encontrábamos en un grupo cerrado y como quedé
callada por el impacto de la sorpresa, también mis amigas mantuvieron silencio.
Para todos, aquel texto no tenía sentido, imagino que por eso, no tomó
importancia, pues con total redundancia ¡lo
que no tiene sentido no resulta creíble!…por suerte, no hubo motivos
mayores de violencia, ni para intervención de ningún docente.
A pesar del impacto, no recuerdo que después fuera
tema de intercambios o dudas en el Grupo, por lo menos a mí, no me lo
comentaron. Esta actitud de mis compañeros, considero, que fue muy bueno; me
ayudó a no sentirme excluida o diferente, a pesar de lo ambiguo; por lo
incierto o cierto.
Los que lean este texto contado por oralidad al paso
de más de 48 años, pero vivido, no podrán imaginar la magnitud del daño descabellado,
por la sorpresa de su atónita retórica en mis amigas y para mi, ya dije: quedé
en total silencio! ¡No dije nada!...pues para todos cada letra de sus palabras,
agonizaban por lo incoherente y la que se mostraba fuera de contexto o entorno,
era la niña, justo la que acababa de llegar para adherirse al grupo, no
encontrándose acorde con la afiliación psicosocial del contexto e intereses que
nos reunía desde hacía tiempo y en esos 20 minutos, dentro del ámbito de mis
compañeros, maestras y amigas más allegadas de varios años.
Tampoco existían motivos para tal confrontación en mi
contra o hacia mi persona, pues la comunicación entre la niña y yo, eran
mínimas, no pasando del saludo rutinario.
Al mediodía, salí de la escuela corriendo a casa, no
lloré, pero sí muy perturbada; por lo no comprendido e ilógico de lo ocurrido, ¡No
entendía nada!, ni siquiera me preguntaba en qué se basaban sus textos y el por
qué de sus comportamientos desenfrenados, de una personita recién llegada, prácticamente
desconocida para el grupo y para mí….
Fue así como en sólo una expresión de dos oraciones
y de 14 palabras entre signos de admiración, trascendería a formar parte de
futuras y disímiles preguntas durante muchos años. Hoy he comprobado que si me
detengo en los detalles, estoy convencida que aparecerían nuevas preguntas,
algunas muy difíciles de discernir o corroborar por la lejanía de los tiempos o
partida física de muchas de aquellas personas.
Ese hecho que, no sólo por lo absurdo, fuera de
contexto o abrupto se convertiría en el rollo
fílmico congestionado de mi vida, que desdichadamente trascendió en
incongruencias e injusticias por parte de personas aparentemente queridas, que
en muchas ocasiones sobrepasaron los límites de respeto y humanismo hacia mi ser
y que al paso de los años, todavía se mueven o repiten términos por hechos, que
nos trasladan a sus inicios como un círculo vicioso o al punto cero, como lo
bauticé, del que intento cada día apartarme, pero siempre regresa sin que lo
llamen!.
Después de un caminar apresurado con dudas e
incertidumbres, ya en casa, se encontraban mi madre y un tío. En mi comentario
apresurado sobre lo ocurrido en el receso, tras llegar sudorosa, afligida,
descompensada; por la carga huracanada e injusta que atisbaba mi consciente
ingenuo, a pesar de mi estatura pero con sólo 11 años, pude darme cuenta que en
sus conversaciones, señas, gestos y miradas de alerta; también para ellos,
representaba una sorpresa con impacto. Los recuerdo uno frente al otro, con
miradas desconcertadas, ojos muy abiertos y gran atención en la escucha de mi
texto inesperado.
La vida me ha enseñado que no todo es totalmente bueno, ni todo totalmente malo; lo que
permitió que a partir de ese momento desarrollara una capacidad ingeniosa de
observación y de escucha ante mis preguntas. Justo comencé a mirar más de cerca
la barriga, abdomen-panza, de mi
madre y me decía y repetía a mi misma: —De esa barriga, yo no salí!;
muy curioso!!; porque hasta ese momento no había recibido ningún dato respecto
al tema; pero, no olvidemos que desde que nacemos, todo lo visto y escuchado;
incluso desde el vientre materno, queda guardado, hasta que la explicación o
veracidad coincidan y sean expuestas en el momento oportuno, porque ahí
precisamente en fracciones de segundos se activa la memoria olvidada, que
existe y está!.
Hoy imagino que la posible causa del actuar de la
niña podría haber estado en la escucha de conversaciones de adultos en su casa
o en un contexto de amigos de su familia, pero obvio, de personas que vivían en
el barrio y conocían parte de la historia desconocida para mi, y que esas
conversaciones o comentarios fueron la proyección en respuestas con reacciones
inapropiadas por acciones de textos inventados o justificativos de procederes que
nada tenían que ver conmigo. Quizás, muestras de inconformidad o conflictos
sociales que aparecen o se revierten a través de envidias, chismes,
desavenencias, tergiversaciones sociales, etc.; donde justo se ataca sin
pensar, sin tener consideración los efectos, consecuencias y secuelas de los
actos por impulsos, donde sin dudas; la
soga se parte por el lado más débil.
(1)
Sarita.-Nombre de la
niña protagonista del texto en el receso; el que recuperé, por intercambio con
amigo del Grupo de estudios primarios; pasado los 40 años, gracias a las redes
sociales.
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